Bañarse con agua fría

Feb 02, 2011 No Comments by
Por María José Juárez Becerra

Después de realizar el test sobre mi huella ecológica (http://www.myfootprint.org/) supe que si todas las personas consumieran los mismos recursos que yo, ocuparíamos casi una tierra (0.85). En un principio pensé; no está nada mal. No obstante, las ideas y preguntas comenzaron a ametrallar mi cabeza; ¿cuál es realmente la máxima capacidad de la Tierra para proveernos de sus recursos? Seguramente ya la hemos sobrepasado. Y en cuestiones del medio ambiente ya no es válido hablar de un hubiera. No es válido, primeramente, por las consecuencias de una explotación irracional de recursos que es ahora tangible  además es parte de nuestra vida. Comentando sobre este tema con unos compañeros, mencioné algunas de  las acciones que llevo a cabo día a día para reducir el consumo de carbono, tales como; hacer uso diario del transporte público, compartir transporte o caminar, imprimir mis tareas por ambos lados de las hojas, reciclar (papel y plástico principalmente) y otras tantos clichés. Pero, cuando mencioné que en mi casa, no usamos calefacción o algo que se le parezca, ni siquiera usamos el boiler, esta declaración realmente sorprendió a mis compañeros, ya que para ellos es inimaginable que use el agua fría para bañarme (sobre todo en tiempos de temperaturas muy bajas) y fue a través de este sencillo ejemplo del boiler, que reflexioné sobre cuántas cosas cambiarían si dejáramos a un lado (aunque sea de vez en cuando)  estas comodidades,  renovando hábitos como  no bañarse con agua caliente cuando realmente no es necesario. Si nos detenemos por un instante y hacemos cuentas de lo que hacemos en nuestra vida rutinaria, notaríamos pequeños detalles que podríamos cambiar para bien, y a la larga reduciríamos grandes cantidades de desperdicios. Después de todo, como les comenté a mis compañeros, bañarse con agua fría no hace daño.

Algunas personas pueden llegar a criticar mis acciones, pues les parecen algo radicales. Pero ¿radicales en qué sentido?, sólo se hacen las cosas diferentes para obtener resultados diferentes y que tengan buenas repercusiones, o al menos que no sean tan dañinas para el medio ambiente. En el estado en el que se encuentra nuestra Tierra, no nos podemos dar el lujo de ir cambiando poco a poco, o peor aún esperar que el cambio surja de otras personas, puesto que  todos somos capaces de pensar y actuar para disminuir este malestar ecológico. Lo que he notado en la actitud de las personas a las que trato de convencer por actuar en bien de la ecología, es que hay cierto pesimismo y resignación, algunos dicen: “¿para qué?, si sólo yo lo hago no va a cambiar nada allá afuera (el mundo)”. O algo así como, “yo no soy Algore”. O tristemente algunos piensan que es un invento de la política para darnos miedo, mientras dicen eso respiran quién sabe cuántos tipos de gases dañinos para su salud.  Cada vez que me topo con estas personas, recuerdo un grupo de ecología en la prepa. Recuerdo cuando hacíamos concursos, conferencias, plantaciones para “concientizar” al alumnado sobre la importancia que tiene “el cuidado de nuestro medio ambiente”, y lográbamos que los estudiantes participaran en nuestras actividades y eventos, pero no porque nuestras ideas los impactaran, creo que ni siquiera les dábamos lástima (bueno, quizá con suerte lográbamos lo último), participaban porque ofrecíamos una exquisita recompensa para cualquier preparatoriano: puntos extras. Caí en cuenta de la clase de concientización que estábamos fomentando en la prepa, era como si ofreciéramos un cacahuate a un mono para que hiciera un truco. Me frustró, ciertamente porque era una educación demasiado mediocre y ridícula. Sin embargo, al leer “Ser y tener” de Eric Fromm para una de mis materias, se presentó una idea (como si fuera una aparición) que no había tomado en cuenta, o bien, no la tenía clara “el hombre (…) necesita percibir la unión con la vida, y por consiguiente renunciar a la meta de conquistar a la naturaleza, someterla, explotarla, violarla, destruirla, y en vez de esto tratar de comprender y cooperar con la naturaleza” es decir, sabía que la producción de tantas cosas que ni siquiera utilizábamos era un problema, pero no había visto más allá de esto, es decir, el porqué consumimos estas cosas. Desafortunadamente, la respuesta yace en nuestra manera de vivir (que tiene mucho que ver con el modo de tener al que hace referencia Fromm). Así que, el problema no está en qué es lo que hacemos o no para cuidar al medio ambiente. Sino en la cuestión de que realmente no reflexionamos, no sabemos el porqué o paraqué de nuestras acciones. Dejándonos llevar por las corrientes del consumismo-hedonismo-nihilismo. Es decir que estamos acostumbrados a esperar que nos ofrezcan un cacahuate y que éste nos invite un deseo de tenerlo para, después, hacer temporalmente las acciones que nos conduzcan al premio. Ignoramos de dónde viene ese cacahuate, cuál fue el proceso para que esté frente a nosotros. Ignoramos porqué y paraqué lo queremos. Ignoramos si necesitamos las cosas porque las queremos, o queremos las cosas porque las necesitamos. El punto es, no sólo estar conscientes sobre la importancia de nuestro medio ambiente y realizar acciones ecológicas, la solución no está en  si nos bañamos con agua fría o no, literalmente. Está, más que nada, en darnos un baño de agua fría a través de la reflexión sobre nuestro estilo de vida y del consumismo que nos rige.

 

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